"Sabes hasta lo que no sabes"

Año 2004, soy una renacuaja de ocho años. 

Entro veloz en casa, casi tropezándome con mis propios pies. Quiero saludar a todo el mundo y contarles lo que ha pasado hoy.

Voy directa a la cocina y veo a mi madre cortando un tomate con una energía apabullante. Constante y precisa.

Al verla tengo una idea, mi cara se ilumina, estoy pletórica, siento el placer de haber resuelto un misterio.

Ella me saluda con una sonrisa suave y aterciopelada. Y yo casi, como soltando un escupitajo le digo:

“¡¡Mamáááá!! ¡¡Lo tengo!! Nos han enseñado que las pepitas del tomate son inmortales. Que tienen poderes. Que no mueren en el estómago. Podría comerme ese, hacer caca en un tiesto y así tendríamos tomates para hacer ensaladas para siempre.”

Esta es mi madre y la que vuela soy yo.

Los ojos de mi madre se sorprendieron después de escuchar mi hipótesis deductiva y como siempre, su respuesta fue la siguiente:

“¡Aaaaaaiiiii mi nena! Que sabe hasta lo que no sabe.”

Esta es mi cara, el pelo va cambiando.

Me llamo Júlia y crecí con esta frase.

Me acompañó durante toda mi infancia, en todas las ocasiones en las que por mi misma era capaz de encontrar respuestas a mis propias preguntas.

Lo curioso es que en ese momento no entendía qué quería decir mi madre y siempre le respondía:

“Això no és possible mama!”

Con el paso de los años entendí que mi madre, seguramente de forma inocente, me montaba una pequeña “fiesta” cada vez que aprendía algo nuevo.

Cuando resolvía un misterio.

O cuando entendía un poco mejor el mundo que me rodeaba.

Con eso, con muchos debates con mi hermana y con un poco de guitarra jazzera de fondo (eso es cosa de mi padre) le pillé el gustillo a aprender cosas nuevas.

La niña introvertida, observadora y oscurita que fuí, se quedó fascinada con la sensación de descubrir cosas nuevas, entender otras y que todo cobrara sentido.

Después de cada respuesta, me surgían nuevas preguntas.

Una de las cosas a las que no encontraba una respuesta clara era el porqué del comportamiento de algunas personas.

¿Por qué la gente se enfada tanto? ¿Por qué hay personas que llegan a las manos por defender sus ideas? ¿Por qué?

Ese fue el misterio sin resolver que condicionaría mi trayectoria profesional.

Esta soy yo explicando el proyecto que llevaba.

Empecé Integración Social, movida por una incipiente vocación y con la idea de querer “resolver” el mundo.

Que mona la Júlia del pasado.

Durante el segundo curso de la formación profesional cursé Mediación Comunitaria. Pensé: ¡qué pereza! Pero con cada clase me interesaba más el tema.

Nos cuestionábamos el cómo los humanos resolvemos nuestros conflictos.

Me enteré que existe algo llamado justicia restaurativa. Un espacio, muy alejado de la hostilidad que transmite el sistema judicial, que permite a las personas ponerse de acuerdo.

Entonces los engranajes de mi cabeza empezaron a rodar.

¿Cómo puede ser que no nos enseñen a negociar con los demás?

Desde ese momento, me puse a analizar los conflictos de la gente que me rodeaba. Y mi conclusión era siempre la misma, “necesitan una sesión de mediación”.

Entonces empecé mi aventura universitaria. Mientras cursaba Psicología, también trabajaba como integradora social en una fundación, con jóvenes recién llegados al país.

De todo el catálogo de técnicas y herramientas, aquellas que más utilizaba eran las adquiridas en la asignatura de Mediación.

Eso me hacía pensar.

Volvía a clase y aquello que ocupaba más nuestro tiempo eran los conflictos. Malentendidos entre compañeras de un mismo grupo de trabajo, analizar los casos dramáticos que nos planteaban en clase, los problemas amorosos que tenían la pareja de guapos de tercer curso, hasta las discusiones que tenían las cocineras de la cafetería.

Entonces lo entendí.

Entendí que aquello que nos corta y nos atraviesa a todos es el CONFLICTO.

En ese momento, me apareció la historia de los tomates como una estrella fugaz y la alegre voz de mi madre, diciéndome:

“¡Aaaaaaiiiii mi nena! Que sabe hasta lo que no sabe!”

Y como no puede ser de otra forma, mi madre tenía razón.

Encajaron mis ideas, ese caldo de cultivo que llevaba años cocinándose ya estaba listo. Decidí que quería ofrecer al mundo un servicio donde acercarse a los conflictos de forma más amable. 

Para poder llevar a cabo mi cometido, hice el Máster en Mediación y Resolución de Conflictos. Formación que me ha dotado de muchas herramientas y de una perspectiva aún más amplia de la justicia restaurativa.

Gracias a la niña curiosa que siguió instintivamente las preguntas que se hacía, como si fueran un caminito de migajas y a la madre que nunca dejó de acompañarla, puedo asegurarte que mi intención es clara. 

Te acompaño a resolver tus conflictos y mejorar tus relaciones personales.

Puedes empezar a dar tus primeros pasos aquí:

Practica la comunicación asertiva y sálvate de líos y malentendidos.

¿Te gustaría mejorar tus habilidades comunicativas y prevenir conflictos? 

En este cuadernillo aprenderás sobre los distintos estilos de comunicación y descubrirás cómo dominar el estilo asertivo puede marcar la diferencia. Además, al mejorar tus habilidades comunicativas serás capaz de manejar mejor cualquier situación de conflicto.

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